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La condena de Dios: Columna de opinión del escritor y abogado Rodrigo Zalabata Vega

Adán y Eva

(Foto cortesía: Pixabay)

La condena de Dios

OPINIÓN

Domingo, 5 de diciembre del 2021

Rodrigo Zalabata Vega.

Es posible pensar que la razón del hombre le dio la libertad sobre sí mismo, por su testimonio de la existencia, al ser el único testigo en un universo infinito en el que más allá de haberlo visto se encuentra cautivo en la Tierra; pero ella le tienta a pasar por el fuego de la verdad en que cree encontrar la salvación; por ello, con fe levanta la cabeza a implorarle al destino, frente a un cielo despierto que nos mira y quizás nos juzga, si por el hecho de nacer ya nos condena a la pena de muerte.

Si ante ese juicio final ya nacimos condenados a morir ¿qué podemos pensar cuando por querer vivir nos juzgamos nosotros mismos?

Por esa razón sabemos estar abocados a esa sentencia inapelable, la condena de venir encadenados al cordón umbilical de la madre naturaleza, al hacernos a la vida y dividir al filo de la perdición la consciencia del bien y el mal: la culpa.

Hay una liberación en el uso de la razón, si al pensarse no implica probarse el límite de su cordura; consecuente consigo, siempre se funda en el mito del hombre: la narración que lo hace protagonista de su misma historia.

La humanidad en las manos de Dios

Los mitos fundacionales bien lo ejemplifican. En la trascendental obra “Miedo a la libertad”, el filósofo judío alemán Erich Fromm nos lo recuenta en la parábola de Adán y Eva que crea la humanidad. Al vivir en el paraíso nada podía pasarle al hombre diferente al simple hecho de existir, ese cautiverio inhumano sometía su voluntad al estado de naturaleza del que no podía escapar. Al probar el fruto del árbol de la vida, la experiencia del bien y el mal, lo asalta la culpa y lo castiga la consciencia superior del Dios padre cuya providencia es infalible, más allá de lo que pudiera pensar. Entonces lo separa de la naturaleza, lo condena a la libertad de errar paso a paso hasta la muerte y le impone la pena de amasar el pan de su sustento diario con el sudor de la frente.

Esa original historia que tan mal comenzó para el género humano sacraliza en sí una relación de dominio patriarcal, si la mujer es la debilidad del hombre, que lo lleva a perder el juicio, y por pena debe sobrellevarla en cadena perpetua.

Surge allí la noción del pecado, como aquella orden recóndita e inescrutable que no puede dejarse de obedecer sin merecer un castigo. Lo cual facilita la labor de la justicia, porque limita el problema a decidir quién lo cometió.

En aquel pasaje sagrado, al romper el estado natural preestablecido surge la voz del reproche, la culpa amerita la condena y ésta trae consigo la pena, la vergüenza por la que tendrá que pasar para restablecer el orden desobedecido.

Ten presente; toda la estructura real de la justicia que se impone en la sociedad occidental, un legado de oriente, se construye sobre una metáfora, cuyo juicio instituido se resume en tres etapas: reproche, condena y pena, atravesadas por la culpa del que se juzga, quien desobedeció el orden que le fue dado.

Aquel mito infortunado de nuestros padres virginales, por cuyo pecado original la sentencia del cielo condenó a todos sus hijos de la familia universal, ya errantes por el mundo por la pena del exilio de la naturaleza se impusieron restablecer el paraíso perdido en la propia Tierra, hasta alcanzar con su fe el poder terrenal que con la voluntad del hombre se crea absoluto.

Constantino el Grande, quien logró unificar en su nombre el imperio romano dividido en occidente y oriente, Roma y Bizancio, emitió el Edicto de Milán en el 313 d.C., en pago a los augurios cristianos que le significó la victoria en la batalla del puente Milvio, con el que refrendaría la libertad de religión y daría la ciudadanía al cristianismo para oficiar con prioridad su culto, después de siglos de persecución y exterminio, despertaría con ello la cristianización en sus dominios, que pasó por su propia conversión, la construcción de la basílica de San Pedro en Roma y la del Santo Sepulcro en Jerusalén, inaugurar el primer concilio ecuménico en Nicea, que definió el corpus doctrinal de profesión de fe en la iglesia Católica Romana, aplicado hasta nuestros días, también la relación con el poder político imperante; ser bautizado en Cristo antes de morir, hasta hacerse años después la religión oficial del imperio con el Edicto de Tesalónica en el 380 d.C.

La justicia en el paraíso terrenal

Aquellos hechos trascendieron su momento y lugar, tanto que significaron el final de la sociedad antigua greco–romana, sustentada en el racionalismo filosófico, al tiempo que abría las puertas del más allá para el misticismo en la edad media. El mundo de occidente inauguraba otra mentalidad que tendría por centro la idea de Dios, en la forma metafísica como es revelado en el pensamiento judaico.

Unir los extremos de pensamiento de occidente y oriente tendría como consecuencia un sincretismo consustancial del que nadie podría escapar, si se entiende que te juzguen los hombres pero te condene Dios.

Ya advertidos por Adán y Eva sabemos que la razón trae consigo la culpa, al separarse de la consciencia absoluta para probar en carne propia el bien y el mal. El rapto de la inocente naturaleza para experimentar con ella una mente abierta.

La catequesis religiosa sentencia el comportamiento humano desligado de Dios como desobediencia al orden moral inscrito en el mundo; se reprocha el pecado que originó el mal, el castigo la pérdida de la libertad de su propia naturaleza y la pena sufrir la vida terrenal.

Pero aquella metáfora trágica que condena al hombre hasta el final de su destino se vio interrumpida por otro hecho terrible pero real: la crucifixión de Cristo.

La sentencia que dieron los hombres en el juicio por la impugnación que presentó el hijo de Dios, ante el padre, para librarnos de la culpa del pecado original.

Aunque es justo y verdadero reivindicar que esa misma parábola representa una universalización de derechos, porque nos hace hijos de un Dios padre, que debería entenderse un mismo Dios creador entre todas las religiones, si es que ese único Dios verdadero es un verdadero Dios.

Es por ello que el relativismo racional del mundo antiguo convivía en libertad con la esclavitud, mientras que ante la voluntad de un Dios universal se hacía moralmente inadmisible en los siervos del señor, así el diablo se libre sus mañas.

Es probable que la más inocente de la ideas pueda desatar sin culpa todo el bien y todo el mal. A partir de entonces el juicio final esperará por Dios, mientras tanto la justicia en la Tierra la harán los hombres en su nombre interpretando sus designios divinos legislados en la Biblia, la suma de todos los códigos.

Así, cuando Constantino el Grande abrió el corazón del imperio dominante de la Tierra para ser conquistado por la fe de otro mundo, cargaba sobre la consciencia de occidente dos culpas: el pecado original y la crucifixión de Cristo.

Pero ese doble infortunio en el comportamiento del hombre despertaría un ideal de salvación de nuestra humanidad que transformaría la justicia en occidente.

Antes, la justicia aplicable se centraba en la condena, “ojo por ojo, diente por diente”. El juez tomaba la justicia en sus propias manos, con la libertad de hacerse victimario del victimario. Es decir, la cuestión de la condena y la pena se inclinaba a aplicarse de facto, al punto que el agredido, ante la magnitud de la injusticia, podía reemplazar al juez en su labor, ya que la medida de la justicia era la culpa señalada al agresor. Al final, el reproche, la condena y la pena eran uno solo.

Después, con la asunción del poder por la iglesia en nombre de Cristo, el meollo de la justicia se traslada a la pena. Ante un Dios omnipresente desde el más allá, que guarda pruebas de la verdad, la justicia provisoria de los hombres, basada en su palabra revelada, torna el castigo en la pena por la que puede redimirse el pecador.

Las ordalías, que nos parecen hoy una justicia bárbara, no eran en sí una condena sino métodos de pena en los que se hacía pasar al pecador por entre el fuego para que probara su inocencia; o de quemarse, al aceptar la culpa en contrición, el fuego lo abrasaba en su calor como un baño que lavaba la podredumbre de su carne tentada por el pecado y purificaba su alma para llegar al seno del Dios padre a alcanzar la redención. La pena lo ponía a prueba de salvación. Una instancia previa que le permitía salvarse a la condena definitiva en el infierno.

Esos actos de fe sirven de testimonio a la conjunción entre la civilización occidental, representada en la cultura greco romana, en la que el fuego es fuente de purificación, y la cosmogonía religiosa judaica de oriente, en que el agua es el elemento beatífico, como en el bautismo, que lava al inocente del pecado original.

La Biblia es en tanto el código divino que ilumina al fallador a fallar y no fallar, supuesta la palabra de Dios, investido en la magistratura divinizada de la Santa Inquisición, en donde se arroga el llamado a hacer justicia en la pena al pecador.

La creación de Dios en las manos del hombre

Grandes hechos en la experiencia del mundo fueron configurando una nueva forma de pensamiento basado en la razón fáctica, independiente de la fe que cree explicar del origen al fin el ser. La imprenta de Gutenberg al multiplicar el conocimiento al alcance de la humanidad abrió su universo que estaba cerrado, más allá de la Biblia, su primera reproducción. El descubrimiento de América echó por tierra el terraplanismo levantado en miedo de supersticiones. El telescopio de Galileo confirmó la teoría heliocéntrica de Copérnico, ignorada desde que lo dijera Aristarco de Samos en la antigua Grecia, ya que el sistema Ptolemaico geocéntrico, con todo y los remiendos epicíclicos que hacía en el telón del cielo, armonizaba con la filosofía griega que daba respuesta racional a cada fenómeno; y con el advenimiento del cristianismo en poder de la iglesia, se empleó al servicio del idealismo que creía en la existencia creada por Dios a la medida del hombre.

El renacimiento del sueño del hombre por desentrañar la naturaleza dada se hacía realidad. Como el niño que desbarata el regalo que le da el padre, para encontrar el motivo de su felicidad. Esta vez Adán y Eva podían dar el paso que los llevara a experimentar su humanidad en la Tierra, sin ser desterrados por el pecado.

Inspirado en el original ideal de libertad sobre sí mismo, con el acopio de material de la Ilustración, los pilares de la filosofía práctica de los pensadores liberales, se estructuró el mundo de la modernidad, hasta levantar la gran obra filosófica del hombre construida en la realidad: el Estado secular; bajo la autonomía de su voluntad y la responsabilidad del gobierno de su propia razón.

Pero también hay una mistificación en todo ello. Si se quiere la forma humana del paraíso terrenal, en donde a Dios se reprocha por crear la vida y no permitir experimentarla, y por ello se le releva de su control de la naturaleza, ella es puesta al servicio del patriarca para quien había sido creada, mientras su creador es condenado a la pena de la eternidad fuera de su mundo. Pero aun así la misericordia del hombre nombra a Dios para su tutela en las dificultades de la vida, cuando sienta perder su derecho a la existencia puede recibir su poder.

Algún filósofo advirtió que la modernidad consistió en reemplazar a Dios por el Estado. Cuando la razón se concibe sobre sí engendra su propio ser mitológico: el hombre creado por el hombre; entonces la práctica del humanismo se vuelve el onanismo de su misma concepción, cuya relación con la naturaleza le hace sentir superior y se cree estar encima de ella.

La justicia en el paraíso racional

Creado el mundo moderno por el hombre, con su acento patriarcal, la razón cree conjurar el pecado que en tiempo de la inocencia de Adán y Eva no le había permitido desarrollarse. Con el ímpetu de las revoluciones liberales se independiza del Dios padre y proclama su Estado de mayoría de edad. Pero tendría un bautizo de sangre, al nacer a la edad de la razón el juicio tajante de la guillotina haría rodar muchas cabezas.

En la creación del mundo de la razón también está en su origen el orden implícito en su naturaleza, en cuyo territorio sacralizado se obedece la ley que supone una voluntad general, la que por consenso reemplaza la voluntad absoluta de Dios, con la misma virtualidad de dominio sobre el mundo que le es propio: “vox populi vox dei”; la que le da un poder incontrovertible sobre todos: “dura lex sed lex”.

Así como en el paraíso bíblico la voz recóndita que se abre entre los cielos no se discute, en el paraíso estatal la voz profunda que habla en la ley tampoco, porque supone el espíritu de un todo legal desobedecido por quien es juzgado.

En el imperio de la razón la justicia está decidida antes de validar su propio juicio, la cual no está fundada en el pecado sino en el delito, consagrado en la ley. Al igual que en el paraíso de Dios, en el Estado del hombre el reproche es el centinela que cuida el orden interno del poder. Para bien o para mal ya en la ley está anticipada la justicia. El juez solo es llamado a aplicarla.

El Estado moderno fue concebido como un hombre adulto, en mayoría y mayoría de edad su humanidad, sujeto de su responsabilidad, para quien la moral es reemplazada por la voluntad consentida. El pecado ahora es el delito, y ello supone que no es moral. El delito es el pecado que ha sido conjurado y esterilizado de moral en la ley sacralizada por la creación de un dios colectivo.

Se trató el monumental esfuerzo por separar el juzgamiento del comportamiento humano de los designios inescrutables de lo divino. Pero el Estado secular es tan moral que tiene doble moral, porque bajo el ideal de la voluntad general esconde los intereses particulares que gobiernan el poder.

Cuando la ley anticipa la condena y la pena a quien se apodere de un bien ajeno, lo menos es castigar al desgraciado ladronzuelo, está advirtiendo que en ese territorio reina la propiedad de alguien; tal es el castigo a Adán y Eva al morder la manzana prohibida por hacerse dueños de su razón. Igual a Prometeo al robar el fuego sagrado de los dioses para encender la consciencia de los hombres.

Resalta un interés moral en que una masa, material e inmaterial, que representa el universo económico de una persona el derecho le llame “bienes”.

A manera de juicio final

Desde su origen la humanidad ha vivido libre condenada a entender su propia razón. Empeñada en ello ha pretendido hacerse prevalecer sobre sí misma, lo que ha conllevado la voluntad de imponerse sobre sus mismos hombres. Prevalida de su convencimiento ha ideado sistemas de dominio sobre los otros, e incluso sobre su naturaleza, en los que lo que aplicamos de manera oficial como justicia en secreto encubre la coartada del poder. Para lograrlo, hemos creado un dios vigilante y castigador, que es capaz de quitarnos la libertad a duras penas en un pedazo de tierra olvidada allende un universo inconmensurable. Y para que no haya lugar a dónde escapar él nos creó a su imagen y semejanza.

Sospecho que la libertad de conocimiento que pretendieron Adán y Eva no era en contra de un cielo abierto a su mirada. Qué distinta sería la historia real de nuestra humanidad contenida en una metáfora si en vez de haber reprochado a nuestros padres por su rapto de amor se les dejara perder el juicio en su paraíso. Pero la razón teme la justicia liberadora del corazón. Si en vez de castigarlos por tomar para sí la manzana que originó la discordia se hubiera hecho fecunda su semilla en la Tierra, para que hasta el final de los tiempos reinara la verdadera justicia de Dios y todos sus hijos pudieran comer sin prejuicio de la cosecha de la vida.

Columnista invitado por el HOME NOTICIAS

Rodrigo Zalabata Vega

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Leo Medina Jiménez
Leo Medina Jiménez
Editor general El Home Noticias.

1 Comment

  1. Gracias a Leo Medina editor general de este espacio el cual nos nutre con escritos diafanos y llenos de sabiduría .
    Felicitaciones a Rodrigo Zalabata Vega por destinar, valientemente, parte de su tiempo a escribir

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