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La hipoteca del diablo, columna de opinión del escritor y abogado colombiano Rodrigo Zalabata

Hipoteca.

Hipoteca “inversa”. Lo que se negocia no es la casa sino el alma de quien habita en ella. (Foto cortesía : @Pixabay)

La hipoteca del diablo

 

OPINIÓN

Lunes, 22 de junio del 2020.

 

Rodrigo Zalabata Vega.

El lanzamiento hecho a los viejos de la propuesta “Hipoteca inversa”, tiene el nombre y argumento más triste de película realista francesa en velorio de sala de cine arte, solo que es real y la escribió el gobierno, encaminada a que los padres (abuelos) huérfanos de hijos en la tercera edad, de la mano de los bancos, puedan firmar sus últimos pasos por existir, en una pensión para subsistir, a cambio de entregar su casa al morir.

Y es tenebrosa la historia narrada por el gobierno con los bancos, porque convierte el lugar de la casa, ese ámbito espiritual que construye la vida que llamamos hogar, en una especie de féretro habitado por quien está muriendo en él, cuyos dolientes sin sangre le sacan la cuenta para que les desaloje su casa en arrendamiento financiero inverso cuando cumpla el contrato de defunción.

La escena se proyecta justa en los hijos que entierran vivos a sus padres en la soledad, y en una rara introspección biológica vuelven a nacer en ellos en el parto a la muerte, para retomar la obra que sus progenitores levantaron en la casa.

El amor de padre aguardará ese abrazo final para morir a paz y salvo con sus deudos, solo que ahora le habrán ganado de mano los bancos, quienes asumirán el control de la casa, después de desterrar el espíritu del muerto, y los hijos ya no querrán ir a despedirlo donde los abandonó su ser más querido.

Esta figura realista y extraña rompe de un tajo jurídico la constitución espiritual que nos hizo una comunidad racional y una sociedad política, al pasar del paleolítico en el que hacíamos vida común de recolectores y cazadores trashumantes, al neolítico en el que hicimos un proyecto común de vida, al fijar una residencia en la tierra, sembrar una cultura en el cultivo, y enseñarnos a una vida doméstica al domesticar animales para facilitar unos hábitos de supervivencia cotidianos que terminaron por convertirse en tradición.

La etapa intermedia mesolítica prefiguraba ese significado, registrado en trazas rupestres en las cuevas de Altamira y Lascaux, en las que el homo sapiens encendía la hoguera del pensamiento y con él decoraba las paredes con voluptuosas mujeres dibujadas con el pincel del deseo de la esteatopigia, y bellos ejemplares de animales que anticipaba en la casa la caza para calmar el hambre, creando un arte que no era sublimado y sí les permitía comer.

Es ni más ni menos la casa primogénita donde nació el género humano y el hogar donde se levantó el espíritu de la humanidad.

 

Después de ellos todos somos los mismos. En el antiguo Egipto, la primera gran civilización, embalsamar cadáveres desentrañaba y entrañaba la resurrección, cifrada en “El libro de los muertos”, su fuente sagrada, la cual tendrían que merecer después de rendir cuentas en el más allá al dios Osiris, para regresar a su cuerpo y a la casa que honraron con su vida.

Basta visitar “La ciudad antigua”, una obra magnífica y olvidada, del historiador francés Fustel de Coulanges, sobre las modernas Grecia y Roma de antaño, para recordar que las mismas costumbres se conservan hasta el día de hoy, con la diferencia que los antiguos mantenían un fuego sagrado encendido en el hogar, que iluminaba el recuerdo de sus antepasados, con los que convivían en la memoria de la cotidianidad, cuya continuidad forma las instituciones y la personalidad de una cultura respetable.

De aquel esplendor civilizatorio, que llevaba un mensaje hogareño a sus dioses con aquellos que partían, la ciudad moderna convierte la casa en un lugar de refugio iluminado por una luz lánguida que se consume en sí misma como vela que se apaga, y para no extinguirse tiene que vender el hogar donde encendió su existencia. Por cuya muerte aguardan en un banco seres carroñeros vestidos de augustos señores, con hipoteca inversa en mano, antes que verlo morir de hambre, se alimentan de los despojos de su ser.

La propuesta del gobierno se presenta como un ejercicio práctico, pensado como un simple negocio de una casa, pero condensa lo más perverso de la autodenominada modernidad, que consiste en desarraigar al hombre de su comunión de género hasta convertirlo en un algo individual que puede negociar como propia esa cosa animada que llamamos vida. El fetichismo del individuo que puede valerse por sí solo, dueño de su éxito o responsable de su fracaso.

De tal suerte que el capitalismo torna la sociedad, con su bullicio, en un mercado de valores; un sistema económico de ahorro de vida y gasto de energía, ya que si no ahorras para reponer la energía que gastas para vivir te hace venderle lo poco que has ahorrado de vida. Así, la vida te la gastas en lo que ahorraste de ella.

Por eso una hipoteca “inversa” tiene cierta invocación mefistofélica, si es apenas una garantía, porque lo que se negocia no es la casa sino el alma de quien habita en ella, que trata de pervivir en un cuerpo que no quiere morir de hambre.

La pequeña gran diferencia es que en los mitos en que el diablo compra para sí el alma de los hombres, como el Fausto en la célebre obra de Goethe, a cambio le ofrece todos los placeres materiales que pueda experimentar en vida, que sería la metáfora justa de lo que ofrece el capitalismo, al que le vendemos el cuerpo con toda su fuerza trabajo, mientras aguardamos una mejor vida más acá o más allá.

 

 “Pero la propuesta de una hipoteca inversa, bajo la condición de los bancos desalmados, parece más bien la liquidación de saldo de existencia, por la que debe entregar el alma de la casa en que construyó su vida, por una retribución tan miserable que nunca ha pagado el diablo dueño de toda la maldad. Al final, el otrora jefe de familia, obligado por voluntad propia, termina convertido en perro cuidandero de la casa mantenido por su amo financiero”.

Este ambiente espeluznante de ultratumba, nos recuerda la confesión pública que hizo el padre Chucho, al que buscaron antes de instalar el gobierno para un ritual de exorcismo al Palacio de Nariño. Lo que nos lleva a pensar que en realidad lo que se buscaba era desalojar de la casa el espíritu de todos los Santos, para gobernar a placer poseído por el demonio al que Colombia le vendió el alma.

 

Columnista invitado por el HOME NOTICIAS

 Rodrigo Zalabata Vega

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Leo Medina Jiménez
Leo Medina Jiménez
Editor general /El Home Noticias. Periodista.

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